Caminando dentro del Caos. Las aceras de Santo Domingo.
Desde los inicios de las ciudades la separación entre peatones y carruajes se estableció como un instrumento para facilitar el flujo del tránsito. Las ciudades asirias y romanas tenían ese espacio definido para las personas que hoy conocemos como aceras. Pero no fue hasta 1766 en Londres, luego de que en la Edad Media se olvidaran de ellas, cuando por ley se establecieron las aceras como espacio de tránsito peatonal de las calles.
En la República Dominicana a través de la llamada ley de ornato publico de 1944, se estableció como ancho mínimo de las aceras de una calle en 14 metros, 2.80 metros lineales, distribuidos en 1/5L-3/5L-1/5L, o sea, 1/5 (2.8) de acera en ambos lados y 3/5 (8.40) para la rodadura de vehículos, sin embargo, esto ha sido letra muerta y vemos por todos lados aceras hasta de 60 centímetros y menos porque se ha asumido el tránsito vehicular como principal dejando las aceras a las buenas de Dios.
El espacio de las aceras, que es una categoría de espacio público, es el espacio donde se construye la democracia urbana. Es el espacio público mas utilizado y versátil. En los barrios populares es la extensión del espacio de vida y su utilización es intensa y cambiante, la esquina que acoge al vendedor de yaniquques para el desayuno se convierte en venta de piezas de pollo al mediodía y en cancha de baloncesto al caer la tarde. Esa actividad cotidiana construye ciudadania.
No obstante, transitar por las aceras de Santo Domingo significa sumergirse en el caos y la inseguridad por la precariedad, el mal uso y los obstaculos a que se enfrentan los ciudadanos de a pie, que son de varias índoles.
Lo primero es el tamaño. Como se anotó anteriormente, pocas aceras cumplen con la ley y, por el contrario, cada vez se construyen aceras mas estrechas y en sectores y en algunas de las grandes avenidas, se han achicado las aceras para ampliar el espacio vehicular.
Está el tema de la precariedad del espacio en cuanto a su mantenimiento. Mientras los baches de las calles se reparan más o menos de manera diligente, las aceras no. Asi nos encontramos con tramos rotos por raíces de los arboles o por reparaciones de tuberías, constituyéndose en obstáculos para el andante.
Los obstáculos infraestructurales, como las grandes torres de las líneas de alta tensión que atraviesan muchos barrios, ocupan en su base casi el ancho total de las exiguas aceras haciendo que el peatón deba tirarse a la calle con el peligro que eso significa.
Otro de los obstáculos lo genera el mal uso del espacio de las aceras, ocupado por comercios, formales e informales, que lo usan de tal forma que privatizan el espacio público. Desde negocios de bancas de juego y ventas de autopartes, hasta ventorrillos de todo tipo, de nuevo la única alternativa del viandante es bajar a la calle y enfrentarse a los vehículos. En los sectores mas acomodados de la ciudad, el mal uso se expresa en la tendencia de convertir las aceras en estacionamientos. De nuevo el peatón es expulsado del espacio que le pertenece.
Si a todo esto le sumamos el desorden del tránsito con la presencia de conductores que no respetan ni las señales ni las normas, y unos motoristas que han vandalizado el uso del espacio y se adueñan de las aceras porque sí, porque nada ni nadie lo detiene, se comprenderá por que hablamos de caminar dentro del caos. Recuerdo una instalación del artista Limber Vilorio que tituló Traje para caminar por Santo Domingo donde el autor, arquitecto por demás, al explicar la obra dicía que “mi intención con esta obra fue mostrar las dificultades que pasa el que anda a pies en Santo Domingo”. Quizás en un futuro no muy lejanos los peatones necesitarán uno de los trajes de Limber.
Lo cierto es que estamos frente a un problema que, como parte del problema general del tránsito y el transporte, se puede solucionar con una buena dosis de voluntad política acompañada de un programa continuo de educación ciudadana, todo esto enmarcado dentro de un Plan de Ordenamiento Urbano estructurado a partir de una visión estratégica de la ciudad que queremos. Los instrumentos están ahí, los politicos tambien, lo que nos falta es un movimiento ciudadano consistente que aporte a la construcción de una ciudad mejor y que réclame con firmeza sus derechos.
OR
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